El Bullying no es nada nuevo. El acoso en las aulas ha existido siempre, aunque sin lugar a dudas, estamos ante un fenómeno que se recrudece y va en aumento. Según el último informe realizado por la UNESCO dos de cada diez niños asegura haber sufrido acoso escolar en el mundo. No parece tratarse sólo de un “juego de niños”.

No obstante, torpe y lánguidamente, parece imponerse una mayor concienciación social de esta problemática que, en el peor de los casos, acaba costándole la vida a niños/as y jóvenes a los que aguardaba toda una vida por delante, sin olvidar sus familias, víctimas colaterales de semejante tragedia. Permanece ya imborrable en el imaginario colectivo, el caso del joven vasco de quince años Jokin Ceberio, el cual se quitó la vida en 2004 después de sufrir bullying durante un año en su instituto. Lastimosamente, no fue el primero ni el único pero la transcendencia mediática que adoptó el caso generó un inusitado debate que resultó ser precursor de una incipiente visibilización de la problemática.

Pero en el camino hacia la prevención y el tratamiento del acoso escolar aún queda mucho por andar. Es cierto que al igual que en otra clase de violencias se han creado organismos públicos ad hoc para su estudio, observatorios que sin embargo no parecen conseguir atajar el problema de raíz. La violencia en las aulas es un fenómeno in crescendo para el que los protocolos antiacoso se nos están mostrando como instrumentos claramente insuficientes. Probablemente, uno de los motivos sea que, como también sucede con otro tipo de violencias, la violencia escolar se trate de una cuestión de base multifactorial. De ahí que centrar el foco sin más en responsabilizar al centro escolar suponga una visión parcial, incompleta y simplista del problema, al igual que lo es centrarse sólo en los/las menores que acosan.